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Todo lo que hay en este blog es literatura. Puede ser interpretada como se quiera, por ende y todo lo que se diga al respecto será respetable y respetado. Es por eso que pido a los lectores y visitantes de este blog que comenten; lo que les parezca, "su opinión nos interesa".



Además me gustaría aclarar que toda la producción publicada en este blog no es mía propia, sino que en todo me ayudó, poco más o poco menos, pero siempre significativamente, Hernán Tenorio.



domingo, 29 de noviembre de 2009


El sol se estaba poniendo y ya empezaba a ser de noche. Ella vivía sola. No siempre había sido así, pero ya se había acostumbrado. Vivía de la jubilación y la pensión de su marido. La casa se oscurecía y era ya la hora en que ella se solía ir a dormir. Miró una última vez por la ventana que daba al patiecito, lo vio volverse minuto a minuto más indescifrable hasta que la ausencia total de luz le provocó ganas de cerrar los ojos. Daba lo mismo. Se sentía ciega y no le molestaba. A veces, como esta, jugaba a cerrar los ojos en la absoluta oscuridad y los abría de repente. Era una sensación que le encantaba. Uno está acostumbrado a que, después de tener los ojos cerrados, cuando se los abre, se vuelve a ver. Pero en la absoluta oscuridad no. Uno tiene los ojos cerrados porque sí, porque da lo mismo, y si da lo mismo por qué no, y cuando los abre, en el momento en que debería volver a percibir la luz, volver a ver, no. Era lo mismo. Eso era para ella el juego. Jugaba a creerse que estaba ciega. Que había enceguecido de golpe.
De noche no encendía la luz. Se había acostumbrado desde la muerte de su marido a irse a dormir temprano. Muchas cosas habían cambiado desde la muerte de su marido, y esa era una. La otra era este juego novedoso de la ceguera. Otra, por ejemplo, es que ya no se sentía obligada a nada, o a muy pocas cosas. Hacía lo que quería y así se sentía joven. Para las cosas que no quería, tenía a su hijo, que las hacía por ella. Así se sentía poderosa. El hijo, por ejemplo, iba todos los meses a cobrar su jubilación y se la llevaba a su casa en un sobre en el que ponía, siempre, un poco más de plata. Él pensaba que ella no sabía. A ella le venía bien, así que no se lo hacía notar. Con eso, él sentía que redimía su culpa por no tener tiempo para dedicarle a su madre. Ella también lo sentía así, y además no le importaba, así que los dos seguían como siempre, callados. No eran tristes ni rencorosos. Admitían que cada uno tenía su vida, se comprendían sin pedirse demasiado. Ella sabía que, si llegaba viva a un estado en que no pudiera arreglárselas sola, le pediría a su hijo que la internara en un geriátrico y él, aliviado, accedería. En todo era así. Y así era que se querían. Eran felices con sus vidas, agradecidos por lo que tuvieron, nunca les faltó nada y nunca se quejaron por lo que no tuvieron.
Ella vivía en una casa que no estaba mal y que, además, tenía un patiecito con un banco de madera. La única manera de salir era por una puerta de chapa desde la cocina; sobre la misma pared de la puerta, a unos metros de distancia estaba la ventana que comunicaba al patio con la habitación y, de día, la iluminaba. Esa era la ventana por la que miraba todas las tardes hasta que ya no quedaba más para ver. Cuidaba muy bien la casa, porque no tenía otra cosa que hacer y porque era lo que más le gustaba. A veces leía los libros de su marido, pero muy poquito. No miraba la tele, pero la tenía por si venía su hijo un domingo y quería ver algo. Eso no pasaba, pero a ella no le molestaba. Se la quedaba porque sí, porque da lo mismo, y si da lo mismo por qué no. Lo que sí hacía era escuchar la radio. Mientras barría, mientras cocinaba, mientras tomaba mate, siempre. Escuchaba la radio hasta que ya no tenía nada que hacer, hasta que salía al patio, e igual entonces escuchaba desde lejos, hasta que volvía a entrar y miraba por la ventana de su habitación el patiecito, las plantas, el banco, cómo todas esas cosas se iban volviendo cada vez más confusas hasta que, por la falta de luz se fundían totalmente en la ceguera. Había tardes en que no sabía si estaba jugando a cerrar los ojos, y no los tenía que cerrar para dormirse, o si los tenía abiertos, si no había jugado esa vez y todavía estaba mirando por la ventana. Igual no le importaba. Siempre, recostada en su cama, los ojos se cerraban o se quedaban cerrados por su cuenta.

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